Todos sabemos lo complicado que es quitarle un juguete a un niño. Puede ser que le toque bañarse, comer, estudiar o irse ya a dormir, y haya que separarle temporalmente de su entretención. O, a lo mejor, el juguete pertenece a un hermano mayor y es inapropiado para el de menor edad. O pudiera ocurrir que no sea realmente un juguete, sino un objeto peligroso de la casa puntiagudo o filoso. En ocasiones funciona bien ofrecerle cambiárselo por otra cosa o distraerlo con otra actividad. Otras veces, sin embargo, eso no da resultado, y hay que lidiar con la reacción en respuesta a lo que el menor interpreta como un despojo efectuado en su contra.
No son niños ni son juguetes los involucrados en los programas de subsidio otorgados por los gobiernos, pero son por igual muy difíciles de quitar. La percepción inicial del subsidio como una concesión recibida, da paso con rapidez a un concepto de propiedad. Es notable la facilidad con la que el comportamiento de familias y negocios se adapta a los subsidios. Algunas implican exenciones de pagos de gravámenes. Otros se manifiestan en forma de precios de compra más bajos. Y los hay que conllevan recibir asignaciones de dinero o productos. Pero independientemente de sus características particulares, su presencia es asimilada por los presupuestos familiares y empresariales, afectando estilos de vida, planes, prioridades y actitudes, y asumiendo un carácter de permanencia que hace pensar que nunca serán descontinuados.
Evaluaciones de opinión pública efectuadas en diversos países señalan a la remoción o reducción de subsidios como una de las causas más importantes del súbito descenso en la popularidad de los gobiernos. De hecho, se le considera más significativo que el incumplimiento de promesas electorales o el fracaso en llenar las expectativas de las votantes. Eso se debe en parte a lo que los economistas denominan utilidad decreciente, la cual tiende a provocar que el impacto de la pérdida de algo que se tiene sea percibido como superior al de no obtener algo similar que aún no se posee.
Paradójicamente, aunque quitar subsidios sea muy lesivo para la popularidad de los gobiernos, el efecto de su creación sobre dicha popularidad disminuye rápidamente, lo que se atribuye precisamente al cambio en la percepción de los beneficiarios, quienes después de un tiempo de estarlos recibiendo dejan de verlos como concesiones y los ven como derechos adquiridos.



