La Base de Investigación Vernadsky es una estación científica ucraniana en cuyo entorno se han avistado colonias de pingüinos. Ocurre que la misma está en la Antártida, no en Ucrania, un enclave donde no existen estas criaturas que viven casi exclusivamente en el hemisferio sur y, en cualquier caso, rara vez y de forma natural en el hemisferio norte.
Sin embargo, en Ucrania no paran de avistarlos.
Pingüinos en el campo de batalla. Sí, en el frente ucraniano ha surgido una de las imágenes más desconcertantes de esta guerra tan tecnológica: soldados rusos avanzando en solitario por campos nevados cubiertos con ponchos térmicos blancos que, vistos a simple vista, los hacen parecer a todas luces pingüinos gigantes.
La lógica detrás de esta táctica es simple y desesperada a la vez, ya que estos ponchos (se pueden encontrar por unos 75 dólares), fabricados con tejidos capaces de retener casi todo el calor corporal, buscan borrar la silueta térmica del soldado frente a los drones equipados con cámaras infrarrojas.
El “pero”. En teoría, el cuerpo humano debería confundirse con el frío del entorno, desapareciendo para los sensores térmicos. En la práctica y como se han encargado de publicitar las fuerzas ucranianas, el camuflaje solo funciona bajo condiciones muy concretas y durante la noche, y su uso reiterado a plena luz del día ha convertido a estos “pingüinos” en blancos fácilmente identificables por drones ópticos, que los detectan sin dificultad antes de atacarlos.
El camuflaje como error. Los vídeos difundidos por operadores ucranianos muestran que el problema no es tanto la prenda como su empleo táctico. Los ponchos pueden ocultar el calor del torso, pero dejan expuestas partes como los pies o crean siluetas artificialmente frías que destacan sobre ligeramente más cálidos, facilitando la adquisición de fondos del objetivo.
Además, la falta de entrenamiento agrava el problema, ya que muchos soldados parecen desconocer cómo y cuándo usar este tipo de camuflaje. El resultado es paradójico: lo que debía reducir la visibilidad acaba generando figuras negras y perfectamente delimitadas en las pantallas térmicas de los drones, haciendo a los portadores incluso más detectables. Aun así, las unidades rusas insisten en repetir la táctica, enviando una y otra vez a hombres aislados a cruzar terrenos abiertos, con resultados casi siempre letales frente a FPV cargados de explosivos.
La batalla de engaños y señuelos. Lo hemos contado antes. Este recurso extremo no es un caso aislado, sino parte de una guerra de engaño cada vez más sofisticada en ambos bandos. Mientras algunos soldados tienden literalmente a disfrazarse para sobrevivir a la vigilancia aérea, Ucrania ha perfeccionado el uso de señuelos a gran escala, como cazas F-16 inflables desplegados en aeródromos.
Estos modelos a tamaño real han llegado a atraer municiones merodeadoras rusas guiadas por satélite, obligando al adversario a gastar drones caros y técnicamente avanzados contra objetivos sin valor militar. Incluso desde el lado ruso se ha reconocido implícitamente que algunos de sus supuestos grandes golpes han terminado destruyendo simples maquetas, un costo asumido que, sin embargo, revela los límites de la inteligencia y la identificación de objetivos en un entorno saturado de sensores.
Una guerra de drones. Si se quiere también, todo este intercambio de disfraces, ponchos térmicos y aviones de plástico subraya una realidad más profunda y repetida: el campo de batalla se ha transformado en un duelo permanente entre detección y ocultación, en el que los drones son responsables de la mayoría de las bajas y marcan el ritmo de las operaciones.
Las tácticas improvisadas de camuflaje humano y los elaborados señuelos industriales forman parte del mismo fenómeno, una guerra en la que engañar al sensor es casi tan importante como destruir al enemigo. En ese contexto, la imagen algo surrealista de un “pingüino” avanzando por la nieve no es tanto una anécdota, sino el síntoma extremo de un conflicto en el que la supervivencia depende cada vez más de burlar a una cámara que nunca parpadea.
Imagen | Telegrama
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