Si históricamente hay una especie arborícola estrella para la reforestación y la producción de madera, esas son las coníferas. El pino de toda la vida. Lo hemos visto en los montes de Galicia, en Euskadi y también en Nueva Zelanda. Razones para elegirlos no faltan: crecen rapidísimo, son baratos, aguantan bien las condiciones adversas, proporcionan una madera versátil y sus semillas se dispersan que da gusto.
Cumplen fetén su misión de reforestar. Igual demasiado bien: sus semillas tienen una especie de alas membranosas que les permite volar lejos con el viento, escapando de las plantaciones. Tanto es así que en Nueva Zelanda las "coníferas silvestres" o "wilding conifers" son ya un problema nacional.
Qué está pasando. Que las coníferas sembradas en origen en plantaciones gestionadas están escapando de esas áreas y de su control, colonizando paisajes abiertos. Como detalla el ministerio de Industria Primaria de Nueva Zelanda, ya hay más de más de 2 millones de hectáreas afectadas. Antes de que peor decidieran poner en marcha un programa de control, era todavía: se expandían a un ritmo de 90.000 hectáreas al año.
¿Por qué es importante?. Que haya un bosque de pinos donde no debería traer serios problemas:
- Esquilman el agua. El dosel de las coníferas intercepta el agua antes de que llegue al suelo, de modo que reduce la escorrentía, los acuíferos se recargan menos y hay menos agua en ríos y embalses. La pérdida estimada es de hasta el 40%. Y si hay menos agua en ríos y embalses, puede afectar a la producción de electricidad con centrales hidroeléctricas.
- Afectan a la biodiversidad. Las especies introducidas no eran autóctonas y su vertiginosa expansión desplaza a la vegetación nativa en uno de los países con más biodiversidad del planeta.
- Incendios y producción agrícola. Su presencia descontrolada reduce el espacio destinado a la agricultura y favorece la propagación de incendios.
¿Por qué se plantaron? Este problema que está trayendo de cabeza al gobierno neozelandés se inició precisamente con programas gubernamentales de los años 60 y 70. En ese momento la administración plantó masivamente Pinus radiata, Pseudotsuga menziesii y otras especies exóticas con el objetivo de reforestar zonas, evitar la deforestación y proteger las tierras altas del interior.
De hecho, el parlamento neozelandés reconoció en 2023 cómo había espolvoreado con semillas por vía aérea. Y como ya hemos visto, las coníferas son el invasor perfecto: productivo, resistente y de rápido crecimiento. Qué podría salir mal.
La difícil y cara tarea de mantener una raya a la conífera silvestre. El país oceánico lleva más de una década y casi 200 millones de dólares tratando de frenar a los pinos salvajes. En 2015 se aprobó la estrategia contra las coníferas silvestres con una visión de contención y erradicación para 2030 (spoiler: no va a ser así), pero la escasez de financiación ha sido su mal endémica.
Con inyecciones puntuales como la de 2020 de 100 millones de dólares, enmarcado dentro de un proyecto de creación de empleo pospandemia, después hasta el Comisionado Parlamentario para el Medio Ambiente (PCE) de Nueva Zelanda ha tenido que dirigirse en carta al presidente para quejarse por la falta de medios. Sin una financiación suficiente y sostenida, el programa va un pasito p’alante, otro p’atrás: las zonas controladas son recolonizadas.
¿Quién debe pagar? La cuestión peliaguda del asunto, que toca elementos tan críticos como el agua o la producción de electricidad, es que requiere de un plan ambicioso y continuado en el tiempo para resultar efectivo.
El PCE señala específicamente al estado, quien impulsó las plantaciones y la siembra aérea, pero también apunta a la industria maderera en tanto en cuanto también se ha beneficiado de estas especies problemáticas, planteando un posible gravamen. Por otro lado y como afectados están las empresas energéticas, a quienes les interesa tanto como a la que más que se solucione el problema. De hecho, el primer ministro ya ha entablado conversaciones.
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Portada | Kerin Gedge



