A lo largo de la historia de las teorías económicas hay una que resulta ser particularmente inquietante para los reformadores sociales. Basados en series estadísticas respecto del nivel de concentración de la riqueza y el ingreso, correlacionadas con datos acerca del ritmo de expansión del valor total de la producción de bienes y servicios, varios analistas en diferentes épocas han postulado que la concentración facilita la expansión, pues hace posible que un segmento de la población disponga de recursos suficientes, por encima de sus necesidades básicas, para poder ahorrar e invertir. Para muchos es una conclusión preocupante y desalentadora, opuesta a la meta de avanzar hacia estructuras sociales más equitativas.
Pero otros investigadores dicen lo contrario, que disminuye la desigualdad en la distribución del ingreso y la riqueza tiende a aumentar el ritmo del crecimiento económico. Esa conclusión reduce la importancia asignada a la desigualdad como factor que contribuye a una más rápida acumulación de capital.
Según ese punto de vista favorable a una menor desigualdad, el incremento en la demanda interna resultante de una distribución más equitativa, hace posible que el porcentaje del PIB representado por bienes básicos aumente, abriendo oportunidades de negocios para industrias nacionales. La desigualdad, por el contrario, impulsa la demanda de los segmentos poblacionales privilegiados, la cual no se limita a bienes básicos sino que abarca numerosos bienes menos prioritarios. En economías cerradas, esa demanda tendría que ser suplida por productos domésticos, pero en economías abiertas como la nuestra es habitual que esos bienes sean importados del extranjero, auspiciando las actividades comerciales en perjuicio del sector industrial local.
Esas conclusiones son, lógicamente, de tipo general, existiendo numerosas variantes y condicionantes en cada país. Aun así, no obstante, sirven de apoyo al concepto de que los programas que reducen la desigualdad pueden tener un sustento económico, además de sus ampliamente comentados efectos sociales benéficos.
El requisito fundamental para que eso suceda parece estar en la conexión entre igualdad y producción. Si la distribución más equitativa no se traduce en un aumento en la producción, se atenúa el componente de crecimiento económico, dejando solo a los efectos sociales. Ése puede ser el caso de economías en las que, por motivos permanentes derivados de su pequeño tamaño o su cuidado de recursos naturales, la producción de alimentos, ropa y otros renglones básicos es insuficiente, teniendo éstos que ser importados. En tales condiciones, la conexión tiene que ser complementada por exportaciones de bienes o servicios intensivos en mano de obra, a fin de poder cubrir las importaciones y crear oportunidades de trabajo.



