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Una parte de la guardia pretoriana que sigue de manera radicalizada y fanática a Leonel Fernández es, paradójicamente, la primera en oponerse a la posibilidad de una candidatura presidencial de Omar Fernández. La reacción es comprensible desde el miedo al desplazamiento y la pérdida de control interno, pero al mismo tiempo constituye una de las torpezas políticas más grandes que han cometido en los últimos años. Sin proponérselo, han logrado convertir a Omar Fernández en una realidad electoral mucho antes de lo que muchos imaginaban posible.
Llevo casi dos años sosteniendo que el candidato natural, con mayores posibilidades reales de victoria para la oposición en el 2028, es Omar Fernández. Durante mucho tiempo esa afirmación fue recibida con burlas y descalificaciones. Hoy, con el paso de los días, esa realidad comienza a manifestarse con una claridad cada vez más incómoda para quienes se resisten a leer el momento político.
Las razones son evidentes. Leonel Fernández arrastra una tasa de rechazo muy alta que limita severamente su capacidad de crecimiento electoral. No se trata de opiniones ni de pasiones, sino de una realidad política que se expresa en números y en comportamiento electoral. Hay figuras que, por más experiencia o capacidad que tengan, simplemente ya no suman nuevas votantes.
Desde la óptica del marketing político, un candidato de 74 años, tres veces presidente de la República, es mucho más difícil de posicionar electoralmente que uno de 36 años. La política contemporánea se libra también en el terreno simbólico, generacional y emocional, y en ese escenario la diferencia pesa de manera determinante.
A esto se suma el factor alianzas. El PLD y Danilo Medina, que en condiciones normales deberían aspirar a mejorar significativamente su desempeño electoral del 2024, difícilmente se sentirían cómodos respaldando una nueva candidatura presidencial de Leonel Fernández. En un escenario hipotético, no sería descartable que optaran por un entendimiento con el PRM como forma de reequilibrar fuerzas y proteger su supervivencia política. Además, una eventual victoria de Leonel implicaría, en la práctica, la absorción definitiva del PLD, una realidad que ese partido no está dispuesto a aceptar. Con Omar Fernández, ese temor se reduce considerablemente y el tablero político cambia.
Una candidatura de Leonel enfrentada a figuras como David Collado o Carolina Mejía sería, además, generacionalmente desigual. En un mercado electoral donde una parte importante del votante decide más por estímulos que por análisis profundo, esa desventaja se convierte en un hándicap adicional que juega en su contra.
Pero la torpeza va mucho más allá del análisis electoral. Es también una torpeza de marca mayor desde el punto de vista político y organizacional. Aunque el senador del Distrito Nacional cuenta con un equipo propio de colaboradores, en una eventual campaña presidencial su estructura sería, en esencia, la misma que hoy acompaña a Leonel Fernández. En consecuencia, al menos en el inicio de un gobierno hipotético, Omar tendría que honrar compromisos con muchos de esos actores. La estructura de Leonel sería, en un noventa y cinco por ciento, la estructura de Omar.
Lo verdaderamente revelador es que, fuera de una especie de “secta” conquistada en el entorno de Leonel, en la dirigencia alta, media y baja de la Fuerza del Pueblo existe un consenso tácito tras bastidores de que el candidato debe ser Omar Fernández. No se atreven a decirlo públicamente por represalias internas, pero en privado lo comentan y lo afirman con claridad.
Y quizás el elemento más subestimado de todo este escenario es que quien parece más consciente de esa realidad es el propio Leonel Fernández, contrario a lo que muchos creen. Todo indica que está protegiendo el proceso y sosteniendo la idea de una eventual candidatura propia como un señuelo político para, llegado el momento adecuado, tomar la decisión que mejor preserve su legado y la viabilidad del proyecto político que lidera.
Esto respondería a dos razones fundamentales. La primera, evitar una canibalización interna prematura y permitir que las estructuras del partido hagan el trabajo difícil sin trasladarle esos conflictos directamente a Omar. La segunda, impedir que con demasiada anticipación la oposición y el poder del Estado enfilen los cañones contra el senador del Distrito Nacional.
No se trata de heredar el poder ni de imponer un apellido. Se trata de no obstaculizar una realidad política que ya se expresa en el electorado y dentro del propio partido. Leonel Fernández no tiene hoy una oportunidad más idónea para salir por la puerta grande y reivindicar su legado que facilitando una transición ordenada hacia una nueva generación de liderazgo.
Cualquier otra jugada sería innecesariamente riesgosa y alimentaría el discurso de sus adversarios de que se trata de un liderazgo aferrado al poder, que en su momento bloqueó a Margarita Cedeño y que ahora estaría dispuesto incluso a cerrar el paso a su propio hijo, todo mientras intenta regresar al poder por un camino cada vez más estrecho.
Podría enumerar durante días las razones por las cuales Omar Fernández resulta el candidato más competitivo para la Fuerza del Pueblo. Sin embargo, hay una conclusión estratégica que se impone con claridad: Omar no debe forzar absolutamente nada. No debe acelerar tiempos ni provocar confrontaciones internas. Con el paso de los días, serán sus propios adversarios y los sectores más reacios quienes terminarán buscándolo cuando la realidad política les golpee de frente, si es que realmente aspiran a tener opciones de llegar al poder.
De lo contrario, deberán asumir las consecuencias. Si por obstinación se insiste en una candidatura que ya muestra evidentes límites y se configura algún tipo de entendimiento entre fuerzas tradicionales para bloquearla, el proceso de succión no jugaría a favor de la Fuerza del Pueblo. Podría ser, incluso, al revés.
A los pueblos no se les imponen candidatos. Los pueblos escogen. Y todo indica que una parte importante del electorado dominicano busca una nueva esperanza en la oposición. Ignorar esa señal no solo sería un error político: garantizaría, desde ahora, una nueva derrota electoral en el 2028.



