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La realidad del tránsito vehicular en los principales centros poblados del país es a todas luce caótica y estresante.
Por todas partes, la anarquía es evidente y subyugante.
Su dinámica es la viva expresión de lo que nos han llevado a ser como sociedad del desorden y del irrespeto mayúsculo.
Es una manifestación genuina que nos obliga a entender que para muchos dominicanos el otro, poco importa.
Desplazarse en un vehículo de motor por nuestras calles, avenidas y carreteras es una invitación a interiorizar con amargura que vivimos en un régimen de iniciativas individuales regido por la Ley que proyecta como conducta normal “el sálvese quien pueda y haga lo que le venga en gana”.
Es un desastroso y deprimente escenario de contrastes en donde lo corto termina siendo largo y lo breve, interminable.
Pero peor aún, la irresponsabilidad colectiva da notaciones de ser una conducta normal y, por tanto, no parece llamar la atención la necesidad de reglamentar el sistema vial por parte de quienes deben asumir, institucionalmente, su razón de existencia.
Conforme al estilo conductual asumido, tanto por el conductor como por las llamadas autoridades competentes, sin olvidar a los peatones, acatar las normativas del tránsito en esta media isla del Caribe, es algo tan poco frecuente que cuando lo contrario ocurre, nos quedamos tan extraños y perplejos que sentimos la sensación de subsistir en otras latitudes.
Siendo de esa manera, sustituir el sistema frontal de iluminación de los vehículos, violentando lo establecido por la Ley, es tan normal que actualmente pasa desapercibido.
Utilizar centellas y usar medallaganariamente el toque de alarma de una sirena al conducir, es tan frecuente que todos lo ignoramos.
Obstaculizar el libre paso de un vehículo de emergencia, camiones de bomberos y ambulancias, entre otros, se ha vuelto tan intrascendente que, algunos desaprensivos, además de protagonizar tan censurable comportamiento, cometen el atrevimiento de emprender una especie de persecución sin tener en consideración sus fatales consecuencias.
Algo similar acontece con el irrespeto a las señales de tránsito establecidas y la connotación de los colores en el deficiente sistema de semaforización, sobre todo, por parte de aquellos que se desplazan en motocicletas, muchas veces sin casco de protección y desprovistos de licencia de conducir, para quienes todo parece indicar no existen las reglamentaciones.
Muchos de ellos, sin dejar de mencionar una porción considerable de conductores de autobuses y vehículos modernos, dan la sensación de representar una fauna cuestionable de especialistas en piruetas, manejo temerario y todospoderosos conductores avasallantes.
Así nos movemos constantemente y de esa manera nos han acostumbrado a subsistir, al extremo de que todo da la sensación de normalidad.
Quizás por tal razón, y algo más, no se vislumbra una alternativa de solución a tan grave situación.
Se desconoce de manera precisa y convincente cuáles proyectos y programas se están diseñando para mejorar este calvario de cada día que estamos padeciendo cuando por una necesidad imperiosa tenemos que usar un vehículo de motor en cualquiera de nuestras importantes ciudades del país.
Luce que todavía no se ha hecho conciencia de lo que este tipo de actividad colectiva implica en materia de salud, convivencia humana y economía en este medio es digna de mejor suerte.
Sin duda alguna, es una aptitud que además de generar preocupación, refleja una irresponsabilidad mayúscula de quienes tienen el deber de dirigir y normatizar la dinámica del transporte vehicular dominicano, demostrando real y efectivamente, autoridad sin necesidad de agresión física.
Sin exageración alguna, ya es tiempo de un verdadero cambio de visión y comportamiento colectivo diferente.
Nuestro comportamiento cotidiano así lo obliga.
Vayamos a la acción…
Por Trifolio de Juan Cruz
Sociólogo – Comunicador Dominicano
triffolio@gmail.com



